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La Unción de los enfermos


Se puede solicitar al párroco la administración de este Sacramento siempre que se cumplan los requisitos para recibirla

EL SACRAMENTO DE LA UNCIóN DE LOS ENFERMOS


El Sacramento de la Unción de Enfermos confiere al cristiano una gracia especial para enfrentar las dificultades propias de una enfermedad grave o vejez. Se le conoce también como el "sagra viático", porque es el recurso, el "refrigerio" que lleva el cristiano para poder sobrellevar con fortaleza y en estado de gracia un momento de tránsito, especialmente el tránsito a la Casa del Padre a través de la muerte.

Lo esencial del sacramento consiste en ungir la frente y las manos del enfermo acompañada de una oración litúrgica realizada por el sacerdote o el obispos, únicos ministros que pueden administrar este sacramento.

La Unción de enfermos se conocía antes como "Extrema Unción", pues sólo se administraba "in articulo mortis" (a punto de morir). Actualmente el sacramento se puede administrar más de una vez, siempre que sea en caso de enfermedad grave.


¿Qué es la Unción de Enfermos?


Es el sacramento que da la Iglesia para atraer la salud de alma, espíritu y cuerpo al cristiano en estado de enfermedad grave o vejez.


¿Cuántas veces puede recibir el sacramento un cristiano?


Las veces que sea necesaria, siempre que sea en estado grave. Puede recibirlo incluso cuando el estado grave se produce como recaída de un estado anterior por el que ya había recibido el sacramento.


¿Qué efectos tiene la Unción de enfermos?


La unción une al enfermo a la Pasión de Cristo para su bien y el de toda la Iglesia; obtiene consuelo, paz y ánimo; obtiene el perdón de los pecados (si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la reconciliación), restablece la salud corporal (si conviene a la salud espiritual) y prepara para el paso a la vida eterna.

Orden sagrado




Mediante el sacramento del orden se confiere una participación al sacerdocio de Cristo-Cabeza. El sacerdocio ministerial se distingue esencialmente del sacerdocio común de los fieles.


  

  1. El sacerdocio en los apóstoles y en la sucesión apostólica


En la última cena, Jesús manifiesta la voluntad de hacer participar a sus apóstoles de su sacerdocio, expresado como consagración y misión: «Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad» ( Jn 17,18-19). Esta participación se hace realidad en distintos momentos a lo largo del ministerio de Cristo que pueden considerarse como los sucesivos pasos que conducirán a la institución del orden sagrado: cuando llama a los apóstoles constituyéndoles como colegio (cfr. Mc 3,13-19), cuando les instruye y los envía a predicar (cfr. Lc 9,1-6), cuando les confiere el poder de perdonar los pecados (cfr. Jn 20,22-23), cuando les confía la misión universal (cfr. Mt 28,18-20); hasta la especialísima ocasión en que les ordena celebrar la Eucaristía: «haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24). En la misión apostólica ellos «fueron confirmados plenamente el día de Pentecostés» (Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium , 19).


Durante su vida, «no sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio, sino que a fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, los apóstoles, a modo de testamento, confiaron a sus cooperadores inmediatos el encargo de acabar y consolidar la obra por ellos comenzada (...) y les dieron la orden de que, a su vez, otros hombres probados, al morir ellos, se hiciesen cargo del ministerio». Es así como «los obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad para presidir sobre la grey en nombre de Dios como pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros dotados de autoridad» (Ibidem , 20).


  


En el Nuevo Testamento, el ministerio apostólico es transmitido a través de la imposición de las manos acompañada de una oración (cfr. Hch 6,6; 1 Tm 4,14; 5,22; 2 Tm 1,6); ésta es la praxis presente en los ritos de ordenación más antiguos. Este núcleo esencial, que constituye el signo sacramental, ha sido enriquecido a lo largo de los siglos por algunos ritos complementarios, que pueden diferir según las diversas tradiciones litúrgicas. «En el rito latino, los ritos iniciales —la presentación y elección del ordenando, la alocución del obispo, el interrogatorio del ordenando, las letanías de los santos— ponen de relieve que la elección del candidato se hace conforme al uso de la Iglesia y preparan el acto solemne de la consagración; después de ésta varios ritos vienen a expresar y completar de manera simbólica el misterio que se ha realizado: para el obispo y el presbítero la unción con el santo crisma, signo de la unción especial del Espíritu Santo que hace fecundo su ministerio; la entrega del libro de los evangelios, del anillo, de la mitra y del báculo al obispo en señal de su misión apostólica de anuncio de la palabra de Dios, de su fidelidad a la Iglesia, esposa de Cristo, de su cargo de pastor del rebaño del Señor; entrega al presbítero de la patena y del cáliz, "la ofrenda del pueblo santo" que es llamado a presentar a Dios; la entrega del libro de los evangelios al diácono que acaba de recibir la misión de anunciar el evangelio de Cristo» (Catecismo , 1574).


  


Mediante el sacramento del orden se confiere una participación al sacerdocio de Cristo según la modalidad trasmitida por la sucesión apostólica. El sacerdocio ministerial se distingue del sacerdocio común de los fieles, proveniente del bautismo y de la confirmación; ambos «se ordenan el uno para el otro», mas «su diferencia es esencial, no solo gradual» (Ibidem , 10). Es proprio y específico del sacerdocio ministerial ser «una representación sacramental de Cristo Cabeza y Pastor», lo que permite ejercer la autoridad de Cristo en la función pastoral de predicación y de gobierno, y obrar in persona Christi en el ejercicio del ministerio sacramental.


La repraesentatio Christi Capitis subsiste siempre en el ministro, cuya alma ha sido sellada con el carácter sacramental, impreso indeleblemente en el alma en la ordenación. El carácter es, pues, el efecto principal del sacramento, y siendo realidad permanente hace que el orden no pueda ser ni repetido, ni eliminado, ni conferido por un tiempo limitado. «Un sujeto válidamente ordenado puede ciertamente, por causas graves, ser liberado de las obligaciones y las funciones vinculadas a la ordenación, o se le puede impedir ejercerlas, pero no puede convertirse de nuevo en laico en sentido estricto» ( Catecismo , 1583).


  


El diaconado, el presbiterado y el episcopado conservan entre sí una relación intrínseca, como grados de la única realidad sacramental del orden sagrado, recibidos sucesivamente en modo inclusivo. A su vez, ellos se distinguen según la realidad sacramental conferida y sus correspondientes funciones en la Iglesia.


El presbiterado ha sido instituido por Dios para que sus ministros «tuvieran el poder sagrado del orden para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados y desempeñaran públicamente, en nombre de Cristo, la función sacerdotal en favor de los hombres» (Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum Ordinis , 2). A los presbíteros se les ha confiado la función ministerial «en grado subordinado, con el fin de que, constituidos en el orden del presbiterado, fueran cooperadores del orden episcopal para el recto cumplimiento de la misión apostólica». Ellos participan «de la autoridad con la que Cristo mismo forma, santifica y rige su Cuerpo», y por el orden sacramental recibido «quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma que pueden obrar in persona Christi Capitis». Ellos «forman, junto con su obispo, un presbiterio dedicado a diversas ocupaciones» y desempeñan su misión en contacto inmediato con los hombres. Más concretamente, los presbíteros «tienen como obligación principal anunciar a todos el Evangelio de Cristo, para constituir e incrementar el Pueblo de Dios, cumpliendo el mandato del Señor: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura"» (Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum Ordinis , 4). Su función está centrada «en el culto eucarístico o comunión, en el cual, in persona Christi agentes , y proclamando su Misterio, juntan con el sacrificio de su Cabeza, Cristo, las oraciones de los fieles (cfr. 1 Co 11,26), representando y aplicando en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor, el único Sacrificio del Nuevo Testamento, a saber, el de Cristo que se ofrece a sí mismo al Padre, como hostia inmaculada (cfr. Hb 9,14-28)» (Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium , 28). Ello va unido al «ministerio de la reconciliación y del alivio», que ejercen «para con los fieles arrepentidos o enfermos». Como verdaderos pastores, «ellos, ejercitando, en la medida de su autoridad, el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, reúnen la familia de Dios como una fraternidad, animada y dirigida hacia la unidad y por Cristo en el Espíritu, la conducen hasta Dios Padre» (Idem).


Los diáconos constituyen el grado inferior de la jerarquía. A ellos se les imponen las manos «no en orden al sacerdocio, sino al ministerio», que ejercen como una repraesentatio Christi Servi . Compete al diaconado «la administración solemne del bautismo, el conservar y distribuir la Eucaristía, el asistir en nombre de la Iglesia y bendecir los matrimonios, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir los ritos de funerales y sepelios».


  

  1. Ministro y sujeto


La administración del orden en sus tres grados está reservada exclusivamente al obispo: en el Nuevo Testamento sólo los apóstoles lo confieren, y, «dado que el sacramento del orden es el sacramento del ministerio apostólico, corresponde a los obispos, en cuanto sucesores de los apóstoles, transmitir "el don espiritual" (LG 21), "la semilla apostólica" (LG 20)» ( Catecismo , 1576), conservada a lo largo de los siglos en el ministerio ordenado.


Para la validez de la ordenación, en sus tres grados, es necesario que el candidato sea varón y esté bautizado. Jesucristo, en efecto, eligió como apóstoles solamente hombres, a pesar de que entre quienes le seguían se encontraban también mujeres, que en varias ocasiones demostraron una mayor fidelidad. Esta conducta del Señor es normativa para toda la vida de la Iglesia y no puede considerarse circunstancial, pues ya los apóstoles se sintieron vinculados a esta praxis e impusieron las manos solo a varones, también cuando la Iglesia estaba difundida en regiones donde la presencia de mujeres en el ministerio no hubiese suscitado perplejidad. Los padres de la Iglesia siguieron fielmente esta norma concientes de tratarse de una tradición vinculante, que fue adecuadamente recogida en decretos sinodales. La Iglesia, en consecuencia, «no se considera autorizada a admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal» (San Juan Pablo II, Carta Apost. Ordinatio Sacerdotalis , 22-V-94, 2).


Una ordenación legítima y plenamente fructuosa requiere además, por parte del candidato, la vocación como realidad sobrenatural, a la vez confirmada por la invitación de la autoridad competente (la «llamada de la jerarquía»). Por otra parte, en la Iglesia latina rige la ley del celibato eclesiástico para los tres grados; ella «no es exigida, ciertamente, por la naturaleza misma del sacerdocio», pero «tiene mucha conformidad con el sacerdocio», pues con ella los clérigos participan en la modalidad célibe asumida por Cristo para realizar su misión, «se unen a El más fácilmente con un corazón indiviso, se dedican más libremente en El y por El al servicio de Dios y de los hombres». Con la entrega plena de sus vidas a la misión confiada, los ordenandos «evocan el misterioso matrimonio establecido por Dios (...), por el que la Iglesia tiene a Cristo como Esposo único. Se constituyen, además en señal viva de aquel mundo futuro, presente ya por la fe y por la caridad, en que los hijos de la resurrección no tomarán maridos ni mujeres» (Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum Ordinis , 16).


No están obligados al celibato los diáconos permanentes ni los diáconos y presbíteros de las Iglesias orientales. Finalmente, para ser ordenados se requieren determinadas disposiciones internas y externas, la edad y ciencia debidas, el cumplimiento de los requisitos previos a la ordenación y la ausencia de impedimentos e irregularidades (cfr. CIC, 1029-1042; CCEO, 758-762). En los candidatos a la ordenación episcopal rigen condiciones particulares que aseguran su idoneidad (cfr. CIC, 378).

¿Has pensado si Dios te llama al sacerdocio o a la vida consagrada?


Dios tiene para cada persona un plan concreto, un proyecto singular, que hay que descubrir y abrazarlo con generosidad. Dios nos llama a la santidad dentro de nuestro estado: en el matrimonio –que será para la mayoría– o en el celibato apostólico (sacerdote, monja...). De ahí que debamos buscar lo que el Señor nos pide a cada uno "en el ámbito de aquel particular espacio interior en el que ha aprendido a estar en estrecha relación con Dios, ante todo en la oración. El hombre pregunta a Dios: "¿Qué me queda aún?". ¿Cuál es tu plan respecto a mi vida? ¿Cuál es tu plan creador y paterno? ¿Cuál es tu voluntad? Yo deseo cumplirla»(San Juan Pablo IICarta a los jóvenes en el Año Internacional de la Juventud, 31-III-1958).

Para que el proyecto de Dios se lleve a cabo hace falta la cooperación de la libertad humana. Dios nos llama a la santidad (idéntico para todos los hombres). Sin embargo para alcanzar este único fin, cada hombre tiene un camino propio, una vocación específica. Para unos esta llamada a la santidad será en el matrimonio, pero a otros puede ser que les pida más. Por Amor hay quien renuncia al amor: "el que puede entender que entienda" (Mt, 19, 12).

La santidad una rebeldía

Como recuerda el Concilio Vaticano II y el Catecismo, todos los hombres están llamados a la santidad. Hay que aspirar a la santidad y no se puede pensar como lo hacía un alumno. Le dije un día: "No puedes conformarte en ser del montón, tú tienes capacidad para mucho más". A lo que me respondió: "Oiga, es que en el montón se está tan calentito...".

La poesía plasma muchas veces lo que otros humanos decimos más torpemente. Unos versos de Lope de Vega te pueden ayudar a pensar en el sentido de la vida:

Yo, ¿para qué nací? Para salvarme.

¿Que tengo que morir? Es infalible.

Dejar de ver a Dios y condenarme

triste cosa será, pero posible.

¿Posible... y río, y duermo y quiero holgarme?

¿Posible... y tengo amor a lo visible?

¿Qué hago? ¿En qué me ocupo? ¿En qué me encanto?

Loco debo ser, pues no soy santo.


La santidad es cumplir con obras la voluntad de Dios. "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos" (Mt, 7, 21). Dios pide obras, no palabrería hueca, y llevándolo con alegría y buen humor. Cuentan que un grupo de religiosos se enfrentó a Enrique VIII, que originó el cisma anglicano y persiguió a los católicos. El Rey les dijo: "Si no acep-táis la ruptura con Roma, os arrojaré al Támesis". El más anciano le replicó: "Nosotros, Señor, lo que queremos es ir al Cielo; nos da lo mismo ir por tierra que por mar".


Dios nos ha elegido a cada uno de nosotros: nos ha escogido antes de la creación del mundo. Es Dios quien llama. "No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mío" (Is, 43, 1).


Cada uno de nosotros debe enfrentarse con Dios, descubrir lo que Él quiere, pues las posibilidades son diversas y todo el problema estriba en responder a lo que Dios quiere de cada uno. ¿Y cuál debe ser mi respuesta? "Una persona joven, al entrar dentro de sí y a la vez iniciar el coloquio con Cristo en la oración, desea casi leer aquel pensamiento eterno que Dios creador y Padre tiene con ella. Entonces se convence de que la tarea que Dios le asigna es dejada completamente a su libertad y, al mismo tiempo, está determinada por diversas circunstancias de índole interior y exterior. La persona joven, muchacho o muchacha, examinando estas circunstancias, construye su proyecto de vida y a la vez reconoce este proyecto como la vocación a la que Dios llama" (San Juan Pablo IICarta a los jóvenes en el Año Internacional de la Juventud, 31-III-1958).


Y conviene no perder de vista que esta llamada personal es un don gratuito: "Subió a un monte, y llamando a los que quiso, vinieron a Él" (Mc 3,13). Dios nos llama porque quiere. Ni por nuestras virtudes, ni por nuestro talento, ni por nuestra situación social, ni por nada: simplemente porque quiere. Nos lo recordaba San Juan Pablo II:  "Y al igual que Jesús llamó a Santiago y a los otros Apóstoles también nos llama a cada uno de nosotros. Cada uno de nosotros (...) tiene que entender y creer: "Dios me llama, Dios me envía" Desde la eternidad, Dios ha pensado en nosotros y nos ha llamado como a personas únicas e irrepetibles. Él nos llama y su llamada se realiza a través de la persona de Jesucristo que nos dice, como ha dicho a los Apóstoles: "Ven y sígueme". ¡Él es el camino que nos conduce al Padre!" (San Juan Pablo II, Mensaje a los jóvenes en el Monte del Gozo, 19-VIII-1989).


Más aún, maravíllate ante estas palabras de San Pablo: "Antes eligió Dios lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a los fuertes; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es nada, para destruir lo que es...". Si crees que no tienes condiciones... Y, además, Dios llama en el momento oportuno: "Pero, ¿por qué no llamó a Mateo al mismo tiempo que a Pedro y a Juan? Porque aún no estaba bien dispuesto. Aquel que conoce bien el fondo de los corazones sólo llama a quien está dispuesto a obedecer" (SAN JUAN CRISOSTOMO, en Catena Aurea, vol. II, p. 11).


Pero además la vocación a la santidad tiene un matiz peculiar: "La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado" (Apostolicam actuositatem, 2). El que aspira al sacerdocio tiene que tener este tema como una obligación grave: "Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad situada sobre un monte no se puede esconder; ni se enciende una luz y se pone debajo de un celemín, sino sobre el candelero, y alumbre a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos". (Mt 5, 14) A lo que San Juan Crisóstomo comenta: "Es como si les dijera: yo he encendido la luz; pero que siga ardiendo, depende ya de vuestro afán apostólico. Y eso no sólo para alcanzar vuestra propia salvación, sino también la de aquellos que han de gozar de su resplandor, y ser así conducidos como de la mano hacia la verdad".


Los medios para descubrir la llamada de Dios


Quizá tu disposición sea buena. Estás convencido que Dios puede llamarte, que Dios quiere meterse en tu vida, que Dios te quiere pedir un mayor compromiso en tu voca­ción cristiana. Pero, ¿cómo saber lo que Dios quiere de mí? ¿Cómo se ve la vocación? ¿De qué señales se sirve el Señor para manifestar su voluntad? Dios se puede servir de lo más insospechado. Lo que para uno puede ser una simple anéc­dota, para otro puede ser una señal clara de que Dios pide más.


Me parece que la lectura del Nuevo Testamento te puede ayudar a resolver la incógnita de la llamada. Encontramos dos pasajes muy ilustrativos: son como los dos extremos que tiene la voluntad divina de manifestarse al hombre.


El primero es la conversión de San Pablo: «Estando ya cerca de Damasco, de repente se vio rodeado de una luz del cielo; y cayendo a tierra, oyó una voz que decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? El contestó: ¿Quién eres, Señor? Y Él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que has de ha­cer» (Hch 9,3-6). Es la manifestación expresa, inapelable, de lo que Dios quiere.


Veamos ahora el otro extremo: «Ahora, pues, conviene que de todos los varones que nos han acompañado todo el tiempo en que vivió entre nosotros el Señor Jesús, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que fue tomado de en­tre nosotros, uno de ellos sea testigo con nosotros de su Re­surrección. Fueron presentados dos: José, por sobrenombre Barsaba, llamado Justo, y Matías. Y haciendo oración, dije­ron: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra a cuál de estos dos escoges para ocupar el lugar de este ministerio y el apostolado del que prevaricó Judas para irse a su lugar. Echaron suertes sobre ellos y cayó la suerte sobre Matías que quedó agregado a los once Apóstoles» (Ibíd. 1,21-26). Para saber en quién ha recaído la elección lo echan a suertes.


Creo, de todos modos, que no debes esperar a montar a caballo para que un rayo de luz te tumbe, ni tampoco coger una moneda y jugártela a cara o cruz. Los pasajes de los Hechos de los Apóstoles nos ayudan a com­prender que Dios se sirve de los medios más insospechados para manifestar su voluntad. La lógica de Dios no es la ló­gica humana.


Pero me parece que estos dos pasajes son los extremos de la manifestación de la voluntad de Dios. Normalmente Dios no se nos manifestará como una luz cegadora ni tendrás que depender de la suerte.


Dios es providente. Cuida amorosamente todo el acon­tecer humano. Y Dios se sirve de causas segundas ––de per­sonas, situaciones, etc. – para manifestar su voluntad. No es­peres una intervención extraordinaria de la gracia. Dios se sirve normalmente de otra persona.


El que nos encontremos en unas circunstancias concretas, en tal ambiente, en tal ciudad, con estas personas que tú conoces, etc., no es fruto del azar, de un destino ciego, sino del cuidado amoroso de Dios, de su providencia ordi­naria. Está claro que tú te podrías haber encontrado en otras circunstancias, en otro ambiente, con otras personas..., pero si estás donde estás, no lo olvides, es por la gracia de Dios, no por el azar. Si no sabes ver a Dios detrás de cada suceso jamás sabrás lo que Dios quiere de ti.


Puede que tú pidas a Dios todo tipo de garantías para es­tar seguro de la llamada, de la misión que Dios te da. Así ocurrió con Zacarías, cuando el Arcángel Gabriel le anunció que tendría un hijo: Juan Bautista. «Dijo entonces Zacarías al ángel: ¿de qué modo sabré yo esto? Porque yo ya soy viejo, y mi mujer de edad avanzada» (Lc  1,18). No le basta la presen­cia milagrosa del Arcángel. Quiere una señal: otra, aún más clara. Y la recibe, pero como castigo a su falta de fe: «He aquí que tú estarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que esto se cumpla, por cuanto no has creído en mis pala­bras, que se cumplirán a su tiempo» (Ibíd. 1,20). Es lógico que acudas a Dios para pedir luz, pero debes preguntarte: ¿estoy dis­puesto a responder que sí, si descubro que Dios me llama?


¿Quiero, de verdad, ver claro, o lo que busco son excusas para decir que no? Es posible que te sobren excusas y te falte rectitud de intención. Por eso, debes ir a la oración y since­rarte con Dios. Incluso, puede ser que busques una seguridad para decidirte que no la pides para otras cosas que llevan consigo un riesgo, como puede ser, por ejemplo, la elección de carrera o el buscarte un novio o una novia. Si uno buscase una seguridad absoluta se quedaría sin carrera y sin no­viazgo. Si hay rectitud de intención se ve lo que Dios pide, con el riesgo que supone siempre cualquier elección libre.


Pero como es un paso decisivo, aunque es tu voluntad libre quien decide, debes pedir consejo. Petición de consejo a esa persona que te conoce bien y que conoce también el camino que vas a emprender. Al leer la conversión de Saulo no sé si te has fijado en un detalle, no puesto sin la gracia de Dios, que te puede ayudar en tu búsqueda personal. «Levántate y entra en la ciudad y se te dirá lo que tienes que hacer». Y es Ananías, un discípulo del Señor, a quien acude Pablo. Y aquél, un hombre, es el que le transmite lo que Dios quiere de él; el que quita sus escamas de los ojos y le hace ver con claridad.


El Señor nos da su luz, que muchas veces nos ciega. Te­nemos ganas de ser santos, de cumplir su voluntad, pero es­tamos ciegos como Pablo: no acabamos de ver. Es necesa­rio que un hombre, este amigo tuyo o esta amiga, o el sacerdote que te está ayudando en tu camino, te diga lo que Dios espera de ti.


La entrega es fruto de la libertad


Hemos visto los medios que ayu­dan a saber lo que Dios nos pide. Pero llega un momento –después de pedir consejo, de dejamos ayudar– en que tene­mos que decidimos. La voluntad suspende la deliberación de nuestro intelecto y se decide por una de las posibilidades y obra en consecuencia. La deliberación, que en algunos mo­mentos se presenta como duda –¿me pedirá Dios esto, o me pedirá otra cosa?–, no puede prolongarse indefinidamente.


En un proceso normal vemos que Dios nos pide más, pero no nos decidimos; queremos tomar una resolución, pero nos resistimos; consultamos, pero quizá persiste la duda. En esta fase de deliberación pedimos consejo a quien puede dárnoslo.


Sin lugar a duda es en la juventud cuando se toman las grandes decisiones para toda la vida; cuando se tiene el co­razón grande y sin ataduras para comprometerse a trabajar en la viña del Señor desde la primera hora (aunque a otros los llame a última hora del día). Y tú te puedes plantear: ¿cuál es la mejor edad para entregarse a Dios? Sin duda, aquella en la que te planteas la correspondencia a la lla­mada: ¡ahora es cuando Dios quiere que respondas, que te comprometas! El «después» no sabes si llegará o si Dios te seguirá llamando. «No se ha de mirar tanto a la edad como a las prendas del alma (...). ¿Y qué más razonamientos, sino decir que en cualquier edad puede servir a Dios y ser perfecta para consagrarse a Cristo?» (San Ambrosio, Sobre la virginidad. 40).


La decisión de la voluntad


Ahora bien, la ausencia de coacción interna y externa, y el ponderar libremente la respuesta a Dios no podemos en­tenderlo, en el tema que nos ocupa, como un frío sopesar argumentos. No podemos pensar que se logra ver la voca­ción con cálculos humanos, con un contraponer los pros y los contras, como si analizásemos un artículo de consumo. El corazón tiene que estar vibrante: encendido por la ora­ción, por el trato personal con Cristo. Solo así podremos mover a la voluntad a que se decida.


Por una parte, no puede haber coacción alguna. Por otra parte, no puedes quedarte en un razonamiento exclusi­vamente intelectualista. ¿Has pensado alguna vez por qué, por ejemplo, quieres a tu madre, o por qué has elegido tales estudios tal trabajo? En cuanto quieras racionalizarlo hasta sus últimas consecuencias te darás cuenta de que se ha escapado la «ra­zón», como el agua entre las manos.


Y es que la vocación, como el amor humano, no puede analizarse como un proceso químico. No quiero decir con eso, que sea un proceso irracional, pero para salir de la duda hace falta tener corazón, y un corazón grande.


Es en tu corazón donde se libra la batalla decisiva. No puedes ver el tema que nos ocupa desde un ángulo neutral, frío. Tienes que tener presente que Dios te está llamando y quiere tu respuesta. Tu aceptación será libre, pero el que sea libre no implica que se cumpla la voluntad de Dios cuando uno responde negativamente a la llamada.


Si Dios llama, la única posibilidad que tiene el hombre es responder que sí. La libertad no radica en la posibilidad de decir sí o no, sino en decir que sí a la llamada de Dios. Nuestra correspondencia es voluntaria y libre. Si tú has visto claro que Dios te urge a una vida de entrega, debes responder afirmativamente. Piensa que antes de que nacié­semos, Dios nos llamó, nos eligió. Por lo tanto, nuestra única razón de ser en el mundo es ser de Dios. Nuestra ne­gativa se convertiría en un no-ser, en una nada, en un vacío absoluto, en un encontrarnos aislados porque hemos dejado de ser lo que Dios había querido que fuésemos.


Piensa bien estos razonamientos con el corazón lleno de un trato con Dios; con una mirada al mundo que te rodea necesitado de tu fidelidad a la vocación a la que has sido llamado.


Vuelvo a invitarte a que pienses en este tema y te pueden ayudar unos versos de R. Kipling que expresan maravillosamente esa lucha que se da en el corazón humano:


Si piensas que estás vencido, lo estás.

Si piensas que no te atreves, no lo harás.

Si piensas que te gustaría ganar pero no puedes, no lo lograrás.

Porque en el mundo, el éxito comienza con la voluntad del hombre.

Todo consiste en lo que tengas en tu mente.

Muchas carreras se han perdido

antes de haberlas comenzado,

y muchos cobardes han fracasado

antes de haber empezado su trabajo.

Piensa a lo grande y tus hechos crecerán.

Piensa en pequeño y te quedarás atrás.

Piensa que puedes y podrás.

Todo consiste en lo que tengas en tu mente.

Tienes que pensar bien para elevarte.

Tienes que estar seguro de ti,

antes de intentar ganar un premio.

La batalla de la vida

no siempre la gana el más fuerte o el más ligero;

tarde o temprano

el hombre que gana es el que cree poder hacerlo.


La Iglesia tiene necesidad de vocaciones


"Son pocos los operarios que hay para recoger tan abundante mies, lo cual no podemos decir sin que nos cause profunda pena, porque aun cuando hay quienes oigan cosas buenas, escasean los que las dicen" (SAN GREGORIO MAGNO, Hom. 17 sobre los Evang.).


"Si existen buenas ovejas habrá también buenos pastores, pues de entre las buenas ovejas salen los buenos pastores" (SAN AGUSTIN, Sermón 46, sobre los pastores).


"Escuchemos lo que dice el Señor a los predicadores que envía a sus campos: La mies es mucha, pero los operarios son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies. Por tanto, para una mies abundante son pocos los trabajadores; al escuchar esto, no podemos dejar de sentir una gran tristeza, porque hay que reconocer que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se dediquen a anunciarlas" (SAN GREGORIO MAGNO, Hom. 17 sobre los Evang.).

"Quisiera que tomarais muy en cuenta la exhortación del Santo Padre:  "Creed en la fuerza de vuestro sacerdocio". De la realización de vuestro sacerdocio en el sentido indicado dependerá también que sepáis ayudar a los jóvenes a descubrir y afrontar con entusiasmo la llamada al sacerdocio.

También a todos los demás presentes —personas consagradas y laicos— quisiera decirles:  creed en la fuerza del sacerdocio ministerial. De vuestra correcta idea del sacerdocio ministerial y de la comprensión del papel del sacerdote para la vida de la Iglesia, de la comprensión de su papel para vuestra santificación y para vuestro apostolado, dependerá también la calidad y eficacia de vuestro esfuerzo por promover las vocaciones sacerdotales.

Más aún:  en orden a promover las vocaciones sacerdotales no podéis quedar insensibles ante la necesidad de sostener con vuestra oración, con vuestra palabra y con vuestro aliento a los sacerdotes en su recta realización del sacerdocio. El maligno sabe que golpeando al pastor se dispersan las ovejas del rebaño (cf. Mt 26, 31) y actúa en consecuencia. El golpe más fuerte es el que afecta a la profunda unión con Cristo y al auténtico celo sacerdotal que de ella brota, que no tiene nada que ver con un simple activismo externo. Sosteniendo a los sacerdotes en su misión específica, también promovéis, aunque sea indirectamente, las vocaciones sacerdotales.

"Creed en la fuerza del sacerdocio ministerial". Sí, esta exhortación es importante para cada uno de nosotros. (Homilía del CARD. ZENON GROCHOLEWSKI , 4 de enero de 2006).

Las dificultades de la familia


Gracias a Dios, la gran mayoría de los padres ven como una predilección divina la llamada a una entrega completa a Dios de alguno de sus hijos. Si no fuera así, sería el fracaso como familia cristiana. No obstante, estamos en una época de secularización de la sociedad. Los valores domi­nantes en algunos ambientes no son los cristianos. Y puede ser doloroso para alguna persona joven que decida entregarse a Dios en el celibato apostólico, no ser entendido por los suyos, por su familia.


Uno se puede encontrar, hablando con algunos padres, que te digan que su hijo o que su hija se ha ido a vivir por su cuenta con otra persona. Te dicen que no les gusta, pero es lo que ahora hace la juventud... y se quedan tan anchos. Si en esta familia uno de sus hijos se entrega a Dios, le pueden montar un número que «alucina».


Si tú te encuentras en esta situación me gustaría que pensaras en estos textos que traigo a colación. El primero es del Catecismo de la Iglesia Católica: «Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10, 37)» (Catecismo, 2232). Por eso, sería un amor desordenado si los padres antepusieran su amor natural a los hijos, antes que el amor, también natural y sobrenatural, a Dios. Y el Catecismo sigue diciendo: «Los padres deben respetar y favorecer la vocación de sus hijos. Han de recordar y enseñar que la vocación primera del cristiano es la de seguir a Jesús» (Ibíd., 2253).


Los padres deben entender que no pierden a sus hijos. Su camino de entrega a Dios y a los hombres les hará vivir con extremada exquisitez el cuarto mandamiento de la Ley de Dios, extremo que puede que no esté tan claro con otros hijos. Santo Tomás de Aquino escribe: «Santiago y Juan son alabados porque siguieron al Señor, abandonando a su padre, y no porque su padre los incitase al mal, sino porque estimaron que su padre podría pasar la vida de otro modo, siguiendo ellos a Cristo» (Suma Teológica, 2-2, q. 101, a. 4 ad 1). Pero siempre, ya hubiera sido Santiago o Juan o seas tú, la caridad a Dios, que enaltece el cariño humano, hará que te desvivas por ellos cuando lo necesiten.


Y piensa que esta situación (que algunos padres o familiares no entiendan la vocación) no es solo de ahora. Ya lo escribía Santa Teresa: «Cosa es de gran lástima, que está el mundo ya con tanta desventura y ceguedad, que les parece a los padres que está su honra en que no se acaba la memo­ria de este estiércol de los bienes de este mundo, y no la de que tarde o temprano se ha de acabar; y todo lo que tiene fin, aunque dure, se acaba, y hay que hacer poco caso de ello, y que a costa de los pobres hijos quieran sustentar sus vanidades, y quitar a Dios con mucho atrevimiento las almas que quiere para sí, y a ellas un tan gran bien (...). Abridles, Dios mío, los ojos; dadles a entender qué es el amor que están obligados a tener a sus hijos, para que no les hagan tanto mal, y no se quejen delante de Dios en aquel juicio final de ellos, adonde, aunque no quieran, entenderán el valor de cada cosa» (Fundaciones, 10, 9).


Y tampoco pueden poner a prueba la vocación de los hijos. Es una tentación diabólica y ofenden gravemente al Señor. Además, como se dice corrientemente, «los experimentos con gaseosa». Recuerdo, a este respecto, unos versos de Cervantes:


«Que es de vidrio la mujer,

pero no debes probar

si se puede o no quebrar,

que todo podría ser».


En alguna ocasión hay que recordar a los padres un pasaje de la vida del Señor. A los doce años, Jesús va a Jerusalén con María y José. A la vuelta se separa de ellos y lo pierden. Cuando le encuentran en el Templo con los Doctores de la Ley se produce una escena de la que podemos sacar dos lecciones. Por un lado, se pone de manifiesto el amor de María y José hacia Jesús; por otro, la precedencia del servicio de Dios sobre cualquier otro interés. «Su Madre le dijo: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, llenos de aflicción, te hemos andado buscando. Él les respondió: ¿Cómo es que me busca­bais? ¿No sabíais que debo ocuparme en las cosas que miran al servicio de mi Padre?» (Lc, 2,48-49). El mejor detalle de cariño con tus padres es corresponder a la llamada del Señor. Si al principio no lo acaban de entender, al poco tiempo com­prenderán la hondura de tu entrega y de que, probablemente, seas el hijo que más alegrías les dará.


La respuesta


Hemos visto a lo largo de estas páginas las vicisitudes por las que han pasado muchos antes de decir que sí, antes de ser generosos. Pero después de su resistencia a la llamada, a lo que Dios les había destinado se deciden seguir al Señor. Tú eres como el ciego Bartimeo que llama al Señor una y otra vez hasta que al final «parándose entonces Jesús, le mandó llamar. Y algunos de los mejores que le rodean, se dirigen al ciego: ea, buen ánimo, que te llama (Me 10, 49). ¡Es la vocación cristiana! Aquel hombre, arrojando su capa, al instante se puso en pie y vino a él (Mc 10, 50).


Tienes que decirle: ¡Señor, estoy dispuesto a lo que quieras, a lo que me pidas! ¡Que no se pueda decir de ti que no has sabido corresponder, ser generoso! Como recordaba su Santidad Juan Pablo II la respuesta a la vocación «es una decisión que debéis tomar sin miedo. Dios os ayudará, os dará su luz y su fuerza para que sepáis corresponder con generosidad a su llamada. Llamada a una vida cris­tiana total.

»¡Responded a la llamada de Jesucristo y seguidle!» (Mensaje a los jóvenes en el Monte del Gozo, 41).


Debes pensar estas cosas despacio. Ponderarlas en tu oración personal. ¿Que es mucho lo que el Señor te pide? Ten fe: a quien empieza la obra, Dios le da fuerzas para terminarla. En generosidad no le vamos a ganar nunca. ¡Y no sigas buscando razones vanas, pueriles! Tu respuesta es de amor, y el amor no sabe de razones.


Y piensa, como decía Vaclav Havel, presidente de Checoslovaquia: «Las cosas difíciles requieren mucho tiempo, los imposibles suceden en un momento». Si tu decisión te parece casi un imposible, decídete ya.


Hay que abandonarse en las manos de Dios. Confiar ciegamente en él. Cuando es Dios quien llama, no hay que tener miedo: ¿qué va a ser de mí? Pues, sencillamente lo que Dios quiera, lo que ha querido desde siempre. Preocúpate de servir a Dios que Él se preocupará de ti. Como Él mismo dice te dará el ciento por uno en esta vida y luego la vida eterna. Dios necesita de ti para llevar su mensaje a todos los hombres. Enamórate de Él y no tengas miedo. Y como dice la Escritura: «Si oís hoy la voz de Dios, no queráis endurecer vuestros corazones» (Sal 94, 7-8). Hay que tener un corazón noble que aunque sea duro como el bronce se derrita ante la llamada de Dios.


Y con la generosidad vendrá la alegría y la paz.


El fíat de María


Nos narra San Lucas (Lc 1, 26-38) cómo María después de ser saludada por el Ángel recibió el mensaje de Dios: su vocación a ser Madre del Redentor. Y después de haber comprendido en toda su hondura lo que Dios le pedía dijo: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». «La llamada de Cristo lleva por un ca­mino que no es fácil de recorrer, porque puede incluso llevar a la Cruz. Pero no hay otro camino que lleve a la verdad y dé la vida. Sin embargo, no estamos solos en este camino. María con su fíat abrió un camino nuevo a la humanidad. Ella, por su aceptación y entrega total a la misión de su Hijo, es prototipo de toda vocación cris­tiana. Ella caminará con nosotros, será nuestra compañera de viaje y con su ayuda podremos seguir la vocación que Jesucristo nos ofrece» (Mensaje a los jóvenes en el Monte del Gozo, 44).

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Y desde el momento de su entrega -de su fíat- su voluntad no fue otra que la de servir al Señor, de serle fiel. Ella, a partir de aquel instante, empezó su obra corredentora.


La Virgen, en Caná, les dice a los sirvientes: Haced lo que El os dirá (Jn 2, 5). Estas podrían ser unas palabras que resonaran en el fondo de tu alma: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?». Plantéate tu vocación, con una devoción profunda a la Virgen, porque Ella te ayudará.


En conclusión: para discernir si uno está llamado al sacerdocio aconsejamos tres cosas:

  


José Gay Bochaca



  

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