Las obras de misericordia corporales                                                   


En la escena del Juicio Final que narra el Evangelio, tanto los justos como los injustos se preguntan perplejos, y preguntan al Señor, cuándo le vieron hambriento, desnudo, enfermo, y le auxiliaron, o dejaron de hacerlo. Y el Señor les responde: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). No es un modo bonito de decir, como si el Señor solo nos animara a acordarnos de Él, y a seguir su ejemplo de misericordia; Jesús dice con solemnidad: «en verdad os digo… a mí me lo hicisteis».

                                                                         

En este pasaje, el Señor habla de hambre, sed, peregrinaje, desnudez, enfermedad y cárcel. Las obras de misericordia siguen esta misma pauta. Los Padres de la Iglesia las comentaron con frecuencia, e iniciaron su desdoblamiento en obras corporales y espirituales, comprensiblemente sin ánimo de abarcar todas las situaciones de indigencia. Con el correr de los siglos, se añadió a las primeras el deber de dar sepultura a los difuntos, con la correspondiente obra espiritual: la oración por vivos y difuntos. Las obras de misericordia despliegan ante nosotros esa llamada. «Sería bonito que os las aprendierais de memoria –sugería recientemente el Papa–, ¡así es más fácil hacerlas!» (Francisco, Ángelus, 13-III-2016).


Solidaridad cristiana


Cuando, al repasar las obras de misericordia corporales, miramos a nuestro alrededor, en bastantes partes del mundo constataremos quizá en un primer momento que no son frecuentes las situaciones para ejercerlas. Siglos atrás la vida humana estaba mucho más expuesta a las fuerzas de la naturaleza, a la arbitrariedad de los hombres, y a la fragilidad del cuerpo; hoy, en cambio, hay muchos países en los que raramente se presentará –salvo en el caso de emergencias o catástrofes naturales– la necesidad inmediata de dar sepultura a un difunto, o de dar cobijo a alguien sin techo, porque la propia organización de los Estados provee este servicio. Y, sin embargo, no son pocos los lugares de la tierra en los que cada una de estas obras de misericordia está a la orden del día. E, incluso en los países más desarrollados, junto a la provisión de servicios de la asistencia social existen muchas situaciones de gran precariedad material. Hay que abrir los ojos, hay que saber mirar a nuestro alrededor y reconocer esas llamadas que Dios nos dirige a través de quienes nos rodean.


A todos nos corresponde tomar conciencia de estas realidades y pensar en qué medida podemos contribuir a remediarlas. Un primer movimiento de las obras de misericordia corporales es la solidaridad con todos los que sufren, aunque no les conozcamos. A primera vista podría parecer que esta actitud es un sentimiento loable, pero inútil. Y sin embargo esta solidaridad es el abono en el que puede crecer con fuerza la misericordia.


La solidaridad en cristiano se concreta en primer lugar en la oración por los que sufren, aunque no les conozcamos ni veamos los frutos de esa oración. También se despliega en « simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo», frente al «mundo del consumo exacerbado», que es a la vez «el mundo del maltrato de la vida en todas sus formas» (Francisco, Enc. Laudato si’ (24-V-2015), 230).


Antiguamente era costumbre en muchas familias besar el pan cuando caía al suelo; se reconocía así el trabajo que suponía lograr el alimento, y se agradecía la posibilidad de tener algo que llevarse a la boca. «Dar de comer al hambriento» se puede concretar, pues, en comer lo que nos ponen, en evitar caprichos innecesarios, en aprovechar con creatividad las sobras de comida; «dar de beber al sediento» quizá nos llevará a evitar el derroche innecesario del agua, que en tantos lugares es un bien escasísimo; «vestir al desnudo» se concretará también en cuidar la ropa, heredarla de unos hermanos a otros, sobreponerse a veces al dernier cri en moda, etc. De esas pequeñas –o no tan pequeñas– renuncias podrán salir limosnas para dar alegrías a los más necesitados o también donativos para salir al encuentro de emergencias humanitarias. Meses atrás el Papa nos decía a propósito que, «si el jubileo no llega a los bolsillos, no es un verdadero jubileo» (Francisco, Audiencia, 10-II-2016).

                                                            

La hospitalidad                                                               


Los padres, en primer lugar con su ejemplo, pueden hacer mucho por enseñar a vivir las obras de misericordia a sus hijos. Como la caridad es ordenada la superación del egoísmo empieza habitualmente en el propio hogar. Todos, pequeños y mayores, tenemos que aprender a levantar la mirada para descubrir las menudas indigencias cotidianas de quienes viven con nosotros. En particular, es necesario acompañar a los familiares y amigos que sufren enfermedades, sin considerar sus dolencias como una distorsión para la que habría que encontrar soluciones meramente técnicas. «“No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones” (Sal 71,9). Es el clamor del anciano, que teme el olvido y el desprecio» (Francisco, Ex. Ap. Amoris laetitia (19-III-2016), 191). Son muchos los avances de la ciencia que permiten mejorar las condiciones de los enfermos, pero ninguno de ellos puede reemplazar la cercanía humana de quien, en lugar de ver en ellos un peso, adivina a Cristo que necesita que le cuidemos.


A veces, puede costar ver a Dios detrás de la persona que sufre, porque esté de mal humor o disgustado, o porque muestre exigencias o egoísmos. Pero la persona enferma, precisamente por su debilidad, se hace aún más merecedora de ese amor. Un resplandor divino ilumina los rasgos del hombre enfermo que se asemeja a Cristo doliente.


La atención de los enfermos, de los ancianos, de los moribundos, requiere por eso buenas dosis de paciencia, y de generosidad con nuestro tiempo, especialmente cuando se trata de enfermedades que se prolongan en el tiempo. El buen Samaritano «igualmente tenía sus compromisos y sus cosas que hacer» (Francisco, Audiencia, 27-IV-2016). Pero quienes, como él, hacen de esa atención una tarea ineludible, sin refugiarse en la frialdad de soluciones que a fin de cuentas consisten en descartar a quienes ya humanamente pueden aportar poco, el Señor les dice: «si comprendéis esto y lo hacéis, seréis bienaventurados» (Jn 13,17). A quienes han sabido cuidar de los débiles, Dios les reserva una bienvenida llena de ternura: «venid, benditos de mi Padre» (Mt 25,34).


«La grandeza de la humanidad –escribió Benedicto XVI– está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana» (Benedicto XVI, Enc. Spe salvi (30-XI-2007), 38). Por eso, los enfermos nos devuelven la humanidad que se lleva a veces por delante el ritmo agitado del mundo: nos recuerdan que las personas son más importantes que las cosas.


Algunas personas acaban dedicando una parte importante de sus días a cuidar de quienes sufren, sin esperar que nadie reconozca su tarea. Aunque no salen en las guías de viajes, ellos son parte del auténtico patrimonio de la humanidad, porque nos enseñan a todos que estamos en el mundo para cuidar: ese es el sentido perenne de la hospitalidad, de la acogida.


Raramente nos tocará enterrar a un difunto, pero podemos acompañarle a él y a sus familiares en sus últimos momentos. Por eso la participación en un funeral es siempre más que un cumplido social. Si vamos al fondo de esos gestos, veremos que guardan el pulso de la genuina humanidad, que se abre a la eternidad.


Ayudar con lo que se pueda


Familias que emigran huyendo de la guerra, personas en desempleo, «prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna» (Francisco, Misericordiae vultus, 16) como la drogadicción, el hedonismo, la ludopatía... Son muchas las necesidades materiales que podemos detectar a nuestro alrededor. Uno podría no saber por dónde o cómo empezar. Y sin embargo la experiencia demuestra que muchas pequeñas iniciativas, dirigidas a resolver alguna carencia de nuestro entorno más inmediato, empezadas con lo que se tiene y con quien puede, acaban haciendo mucho bien, porque la gratuidad genera un agradecimiento que es motor de nuevas iniciativas: la misericordia encuentra misericordia, la contagia.


Las necesidades de cada lugar y las posibilidades de cada uno son muy variadas. Lo mejor es apostar por algo que esté al alcance de la mano (por ejemplo, Caritas, el Banco de Alimentos...), y ponerse a trabajar. Con el tiempo, muchas veces menos de lo que pensaríamos, se abrirán puertas que parecía que iban a permanecer cerradas.


Hay quien, por ejemplo, está desbordado de trabajo pero descubre el modo de redirigir parte de sus esfuerzos hacia realidades que ocupen a otros y les saquen del bache de quien está en la vida sin un rumbo. Para los jubilados, por ejemplo, se abre así el panorama de una segunda juventud, en la que pueden transmitir mucho de su experiencia de la vida. Todas las personas tienen algo para aportar en la construcción de una civilización más justa y fraterna.


Josep Gay i Bochaca

Las obras de misericordia espirituales


Con las obras de misericordia la Iglesia nos invita a descubrir de nuevo que tanto el cuerpo como el alma de nuestros hermanos necesitan de cuidados y que Dios nos confía a cada uno esa custodia atenta. «El objeto de la misericordia es la misma vida humana en su totalidad. Nuestra vida misma en cuanto “carne” está hambrienta y sedienta, necesitada de vestido, casa y visitas, así como de un entierro digno, cosa que nadie puede darse a sí mismo (…). Nuestra vida misma, en cuanto “espíritu”, necesita ser educada, corregida, animada, consolada (…). Necesitamos que otros nos aconsejen, nos perdonen, nos aguanten y recen por nosotros» (Francisco, 2-VI-2016).


Y el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica enumera las siguientes obras de misericordia espirituales: enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita; corregir al que yerra; perdonar las injurias; consolar al triste; sufrir con paciencia los defectos de los demás; rogar a Dios por vivos y difuntos.


Ejercitar la misericordia todos los días 


Donde hay un cristiano que se reconoce «como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar», encontramos «la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando o reconocimientos defendiendo sus propias necesidades» (Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium (24-XI-2013), 273). Es lógico que nos ilusionemos con los horizontes que se abren ante nosotros en nuestro trabajo; pero esa ilusión, si no quiere ser «vanidad de vanidades», debe estar inspirada por la pasión de iluminar las inteligencias, pacificar las tensiones, confortar los corazones.


El que más y el que menos incide de un modo u otro en la cultura y en los medios de comunicación: no solo los escritores, los profesores o los profesionales de las noticias. Cada uno a su modo puede hacer mucho por «enseñar al que no sabe», «dar buen consejo al que lo necesita» y «corregir al que se equivoca»: a quienes son víctimas, aun sin saberlo, de la superficialidad o de las ideologías; a quienes tienen sed de saber, de beber de las fuentes de la sabiduría humana y divina; a quienes no conocen a Cristo. El esfuerzo por pensar la fe, de modo que se perciba la verdad; la ilusión por dar forma cristiana a la propia profesión, purificándola de abusos y abriéndole horizontes; el interés de los profesores por hacer crecer a sus alumnos; la iniciativa para orientar con nuestra experiencia a quienes se abren paso en el mundo profesional; la disposición a ayudar o aconsejar a los colegas en sus dificultades; el apoyo a los jóvenes que no se deciden a formar una familia a causa de la precariedad de sus condiciones de trabajo; la nobleza y la valentía de «corregir al que se equivoca»… Estas, y otras actitudes dan forma a la misericordia ordinaria que Dios pide a los cristianos de la calle.


Aunque sin duda conviene dar vida a proyectos allí donde tengamos posibilidad de echar una mano, el terreno habitual de la misericordia es el día a día del trabajo regido por la pasión de ayudar: ¿qué más puedo hacer?, ¿a quién más puedo implicar? Todo esto es misericordia en acto, sin horarios, sin cálculos.

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Tapar la debilidad del otro


La  misericordia y ser misericordiados se hace eco de la bienaventuranza más específica de este año jubilar: «bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia» (Mt 5,7): se abrirá paso en ellos la misericordia, porque al darla la recibirán de lo alto. El genio de Shakespeare lo sintetizó así: «La misericordia no es obligatoria; cae como la dulce lluvia del cielo sobre la tierra que está bajo ella. Es una doble bendición: bendice al que la concede y al que la recibe» (W. Shakespeare, El mercader de Venecia, Acto IV, Escena I).


A los misericordiosos, pues, el Señor no les promete solo clemencia y comprensión al final de sus días, sino también una medida generosa de dones –el ciento por uno (Mt 19, 29)– para esta vida: el misericordioso percibe más intensamente cómo Dios le perdona y le comprende; se alegra a su vez perdonando y comprendiendo, aunque duela; y experimenta también la alegría de ver cómo la misericordia de Dios se contagia, a través de él, a los demás.


Otra de las obras de misericordia espirituales consiste en «sufrir con paciencia los defectos de los demás». No se trata solo de no poner en evidencia al otro, de no señalarle con el dedo: la misericordia arropa la debilidad del otro, como los hijos de Noé, aunque al arroparle note el «olor» de sus defectos. Una misericordia distante no sería misericordia.


La misericordia invierte una fácil tendencia a ser exigentes con los demás y transigentes con nosotros mismos. Descubrimos entonces con frecuencia que lo que nos parecía un defecto era simplemente una etiqueta que habíamos puesto al otro, quizá por un episodio aislado, o por una impresión a la que habíamos dado demasiada importancia; un «juicio sumario» que cristalizó, y que nos impide verle como es, porque percibimos solo esa cara negativa, ese rasgo hinchado por nuestro amor propio. La misericordia de Dios nos ayuda a evitar y, en su caso, a levantar esos dictámenes severos, de los que a veces no somos demasiado conscientes. También aquí rige aquella sentencia tan sabia de Tertuliano de que «dejan de odiar quienes dejan de ignorar» (Tertuliano, ad Nationes, 1, 1). Un reto de la misericordia ordinaria, pues, es conocer mejor a quienes nos rodean, y evitar etiquetarles: padres, hijos, hermanos; vecinos, colegas, amigos... Además, cuando comprendemos a una persona, cuando no desesperamos de ella, la ayudamos a crecer; y en cambio, la fijación en las insuficiencias produce una tensión, un agarrotamiento con el que difícilmente brota lo mejor de cada uno. Toda nuestra relación con los demás, especialmente en la familia, debe ser trato misericordioso.


Hace falta también misericordia para llevar sin resentimiento la dureza con la que los demás a veces puedan tratarnos. No es fácil querer cuando uno recibe coces o indiferencia, pero «si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos?» (Mt 5,47). El cristiano no se caracteriza solo por la mutua comprensión sino también por la disposición a reconciliarse cuando fallamos o cuando nos tratan con desdén. La actitud sincera de «perdonar las ofensas» es la única vía para romper las espirales de incomprensión que vemos alzarse a nuestro alrededor y que son, casi siempre, espirales de desconocimiento mutuo. No es esta una actitud idealista para ingenuos que no están en contacto con la mezquindad o con el cinismo, sino fuerza de Dios: una brisa suave, capaz de derrumbar las estructuras más imponentes.


Mandados a consolar


«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros seamos capaces de consolar a los que se encuentran en cualquier tribulación, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios» (2 Co 1,3-4). El cristiano sufre como los demás hombres; sufre a veces más por las incomprensiones o por las dificultades que le crea su fidelidad a Dios; pero a la vez los sufrimientos se le hacen más ligeros, porque tiene el consuelo de su Padre. El consuelo que Dios nos da nos hace capaces de consolar y nos envía al mundo a consolar.


Para «consolar al que está triste» es necesario aprender a leer las necesidades de los demás. Hay personas que están tristes porque experimentan la amargura que proviene de la soledad o de la indiferencia; otras porque están sometidas a mucha tensión y necesitan descansar: se tratará de acompañarles y, a veces, de enseñarles a descansar, porque nunca aprendieron ese arte. Un buen hijo de Dios procura emular la tarea discreta del verdadero Consolador: atender a los demás sin hacerles notar que les estamos dedicando tiempo, sin que tengan la impresión de que les concedemos audiencia, o de que les gestionamos. Un hijo de Dios camina por la existencia con la convicción profunda de que cada persona es digna de nuestra entrega: la sonrisa, la disposición a ayudar, el interés verdadero por los demás, también por aquellos a quienes ni siquiera conocemos, pueden cambiarles el día, y a veces la vida.


Con todos, conocidos y desconocidos, nuestra misericordia encontrará un cauce ancho y seguro en la oración: Interceder, pedir en favor de otro, es lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. Por eso la Iglesia nos alienta a «rogar a Dios por vivos y difuntos». Una de nuestras alegrías en el cielo será descubrir el bien que hizo a tantas personas una brevísima oración en medio del ajetreo del tráfico o del transporte público, a veces quizá como respuesta misericordiosa a un gesto poco amable; la esperanza que Dios inspiró, por nuestra intercesión, a quienes sufrían por cualquier motivo; el consuelo que recibieron vivos y difuntos por nuestro recuerdo en la Santa Misa, metidos en la oración de Jesús al Padre, en el Espíritu Santo.

Acabamos así este breve recorrido por las obras de misericordia, que son en realidad «infinitas, cada una con su sello personal, con la historia de cada rostro. No son solamente las siete corporales y las siete espirituales en general. O más bien, estas, así numeradas, son como las materias primas: cuando las manos de la misericordia las tocan y las moldean, se convierten cada una de ellas en una obra artesanal. Una obra que se multiplica como el pan en las canastas, que crece desmesuradamente como la semilla de mostaza» (Francisco, 2-VI-2016.