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¿POR QUÉ HAY QUE PARTICIPAR EN LA MISA

Y DESCANSAR EL DOMINGO Y FIESTAS DE PRECEPTO?


El Concilio Vaticano II señala: «La Iglesia por una tradición apostólica que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el mis­terio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón día del Señor o domingo. En este día, los fieles deben reunirse a fin de que, es­cuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la Gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Je­sucristo de entre los muertos (1 P 1, 3). Por esto, el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo».


El Código de Derecho Canónico recoge en varios cánones esta obligación de participar en la Misa todos y cada uno de los domin­gos, además de otros días de fiesta determinados que son:


Además, cada Diócesis debe añadir las fiestas que acuerde el Obispo.


Por tanto, los fieles, el domingo y las demás fiestas tienen la obligación de «participar en la Santa Misa» y de «abstenerse, de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, y gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo». Poco a poco se ha ido poniendo de manifiesto la esencia del precepto en su doble aspecto: asistir a la Misa y abstenerse de trabajos.


I. ¿POR QUÉ PARA DAR CULTO A DIOS

HAY QUE PARTICIPAR EN LA MISA?


El Catecismo de la Iglesia Católica subraya la dimensión eclesial de la Eucaristía, y señala que esa dimensión «se expresa de manera par­ticular el día en el que toda la comunidad es convocada para conmemo­rar la resurrección del Señor». A su vez, San Juan Pablo II, en la Carta Apostólica Dies Domini, afirma que «la Eucaristía nutre y modela a la Iglesia (...); por esta relación vital con el Sacramento del Cuerpo y Sangre del Señor, el misterio de la Iglesia es anunciado, gustado y vivido de manera inseparable en la Eucaristía».

Así pues, al ser la Eucaristía el verdadero centro del domingo, se comprende por qué, desde los primeros siglos, los pastores no han dejado de recordar a sus fieles la necesidad de participar en la asamblea litúrgica. Y esa «llamada de los Pastores ha encontrado generalmente una ad­hesión firme en el ánimo de los fieles y, aunque no hayan faltado épocas y situaciones en las que ha disminuido el cumplimiento de este deber, se ha de recordar el auténtico heroísmo con que sacerdotes y fieles han observado esta obligación en tantas situaciones de peligro y de restricción de la libertad religiosa, como se puede constatar desde los primeros siglos de la Iglesia hasta nuestros días».


II. ¿POR QUÉ PARA DAR CULTO A DIOS

HAY QUE DESCANSAR DEL TRABAJO?


La celebración primitiva del Día del Señor no exigía el descanso dominical. Fue en el siglo IV, cuando la ley civil del Imperio Romano reconoció el ritmo semanal, disponiendo que en el "día del sol", los jueces, las poblaciones de las ciudades y las cor­poraciones de los diferentes oficios dejaran de trabajar. Cuando la legislación lo introdujo en su ordenamiento, encontró en la Iglesia una favorable acogida y los cristianos se alegraron de ver superados así los obstáculos que hasta entonces habían hecho heroica a veces la observancia del día del Señor.

Conviene recordar que la relación entre el día del Señor y el día de descanso en la sociedad civil tiene una importancia y un significado que está más allá de la perspectiva propiamente cristiana. En efecto, la alternancia entre trabajo y descanso, propia de la naturaleza humana, es querida por Dios mismo, como se deduce del pasaje de la creación en el Libro del Génesis: el descanso es una cosa «sagrada», siendo para el hombre la condición para liberarse de la serie de los compromisos terrenos y tomar conciencia de que todo es obra de Dios.

El descanso ofrece, además, a los cristianos una posibilidad real de dedicarse a la meditación de los misterios de su fe cristiana, a la lectura de la Sagrada Escritura, a las obras de caridad y al apostolado entre sus iguales los hombres. El descanso dominical, por tanto, no equivale a una mera ociosidad, a unos días dedicados a meras diversiones o a actividades absolutamente incompatibles con la naturaleza del domingo, sino, más bien, día de descanso es sinónimo de liberación de cualquier atadura o esclavitud.

El creyente está, pues, llamado a satisfacer esta exigencia del descanso, conjugándola con las expresiones de su fe personal y comunitaria, manifestada en la celebración y santificación del día del Señor. Por eso, es natural que los cristianos procuren que, incluso en las circunstancias especiales de nues­tro tiempo, la legislación civil tenga en cuenta su deber de santificar el domingo. Es un deber de conciencia de los políticos la organización del descanso dominical de modo que sea posible participar en la Eucaristía y abstenerse de trabajos y asuntos incompatibles con la santificación del día del Señor.


III. ¿POR QUÉ AMBOS ACTOS HAY QUE REALIZARLOS EN DOMINGO

Y EN LAS FIESTAS DE PRECEPTO?


El domingo prefigura el día final anticipada ya de alguna manera en el acontecimiento de la Resurrección. Siendo esto así, es lógico que los cristianos comenzaran a celebrar el domingo para dar culto a Dios y procurasen que se estableciera el descanso dominical.


Los primeros discípulos del Señor pronto dejaron de acudir a la Sinagoga, para asistir y participar en el Sacrificio Eucarístico. El origen del domingo cristiano está en la Resurrección del Señor, hecho histórico del que se parte y alrededor del cual gira toda la vida cristiana desde los primeros momentos de la Iglesia. Que la Resurrección tuvo lugar en el entonces denominado primer día de la semana es un dato que aportan los cuatro evangelistas; por eso fue este día apropiado para conmemorar y celebrar ese acontecimiento culminante de nuestra Redención, hecho histórico que los primeros discípulos proclamaron como prueba de la salvación traída a los hombres por el Hijo de Dios y en el cual empezaron a reunirse. Tanto los Hechos de los Apóstoles, las Cartas de San Pablo, como San Juan en el Apocalipsis, muestran cómo los primeros discípulos se reunían para la fracción del pan y la oración en un día señalado: el domingo.

La observancia del domingo es destacada también en la vida de las primeras comunidades cristianas. Tras un largo período de tiempo, en el que la enseñanza y los motivos que se daban al pueblo para celebrar el día del Señor quedaron reducidos a un conjunto de elementos morales y jurídicos muy lejos de lo que había constituido la enseñanza patrística, surgió un nuevo movimiento litúrgico que «se propuso superar esta situación recuperando los valores del domingo, para que fuese de verdad la celebración del misterio de Cristo». Este movimiento viene fundamentado por el uso constante y universal en la Tradición de la Iglesia y reconocido por su Magisterio. El Concilio Vaticano II afianzó este impulso de reforma en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia. Al domingo, día del Señor, «no se le antepongan otras solemnidades, a no ser que sean, de veras, de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico». Pablo VI, refiriéndose al domingo, decía: «Más que nunca conserva su gravedad y su importancia fundamental la observancia del precepto positivo. La Iglesia ha concedido facilidades para hacer posible dicha observancia. Quien tiene conciencia del contenido y de la funcionalidad de este precepto debería considerarlo no solamente un deber primario, sino también un derecho, una necesidad, un honor, una suerte a la cual un creyente vivo e inteligente no puede renunciar sin motivos graves». San Juan Pablo II insistió sobre el tema en múltiples ocasiones: «Deseo recomendaros la participación en la Santa Misa, de los días festivos. Comprometeos a no faltar nunca. El cristiano es el hombre de la Santa Misa, porque ha comprendido que Cristo renueva para él su sacrificio redentor», etc.


IV. ¿CUÁLES HAN SIDO LAS FORMULACIONES JURÍDICAS?


Máximo de Turín (a. 408-423) es el pri­mero que habló de pecado grave ante Dios por faltar a la Misa dominical. Aunque será el Concilio de Agda (a. 506) el que sancione explícitamente la obligación grave de participar en la Misa del domingo. El domingo, pues, asume una obligatoriedad moral que cristaliza en disposiciones legales de todo tipo, hasta llegar, finalmente, a la formulación del actual Código de Derecho Canónico: «El domingo y las demás fiestas de precepto, los fieles tienen la obligación de participar en la Misa». «Cumple el precepto de participar en la Misa quien asiste a ella, dondequiera que se celebre en un rito católico tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde».

En cuanto al descanso dominical, en los tres primeros siglos de la Iglesia, no existe ninguna referencia a su obligatoriedad. No fue la Iglesia, sino el emperador Constantino (a. 321) el que lo implantó. La concepción de la naturaleza del trabajo y de la dignidad de la persona, sobre la que descansan los conceptos de trabajos serviles y liberales, así como su permisión o prohibi­ción y el consiguiente concepto de descanso, han sufrido una profunda revisión en estos últimos tiempos. En concreto, el nuevo Código de Derecho Canónico no habla de trabajos serviles y liberales, ni tampoco de prohibición o permisión de ellos. Tanto el trabajo como el descanso reciben una nueva significación: se prohíben, en efecto, los trabajos y actividades que impiden cualquiera de estos tres aspectos: «dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del Día del Señor y disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo».


V. ¿QUÉ GRAVEDAD ENCIERRAN ESTOS PRECEPTOS

PARA LOS CATÓLICOS?


Ante la obligatoriedad de los preceptos de la Iglesia, lo mismo que ante los demás preceptos, pueden darse, en general, dos actitudes: aceptarlos con gratitud o considerarlos como obstáculos a la libertad y rechazarlos.


De la consideración del contenido del precepto, de su materia y de su fin, así como de la conexión que la determinación eclesiástica tiene con el derecho natural y divino-positivo, se deduce indudablemente que el precepto de santificar las fiestas obliga gravemente, pues regula un deber fundamental del hombre con su Creador y Redentor. Las palabras de la Escritura, toda la Tradición, el Magisterio y las Leyes de la Iglesia expresan claramente que se trata de un grave deber de conciencia. En las palabras con las que la Iglesia ordena su observancia: «los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto (...); los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave» (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2181), se advierte la gravedad de su incumplimiento.

El descanso dominical, para los cristianos, deriva de una motivación teológica específica: es un descanso, precisamente en el día que es considerado como el Día del Señor. Desde esta perspectiva, el trabajo se prohíbe a los cristianos en la medida que impide la participación en el culto, especialmente en el culto eucarístico.

Josep Gay i Bochaca

  

HORARIO DE MISAS


De lunes a sábado


9.00 h bilingüe


Vigilias


20.00 h català


Domingos y Fiestas


9.00 h català

11.00 h castellano


Además el jueves


Misa en català a las 20 h seguida de

Exposición del Santísimo de 20.30 a las 21.30 h

EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA


(Resumen de lo que establece el CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA 

sobre la Confesión)


Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los pecadores, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal.


A lo largo de los siglos la forma concreta, según la cual la Iglesia ha ejercido este poder recibido del Señor ha variado mucho. Ahora el sacramento se realiza de una manera secreta ("privada") entre el penitente y el sacerdote. Esta práctica prevé la posibilidad de la reiteración del sacramento y abre así el camino a una recepción regular del mismo. Permite integrar en una sola celebración sacramental el perdón de los pecados graves y de los pecados veniales.

La estructura fundamental de la Confesión comprende dos elementos igualmente esenciales: por una parte, los actos del hombre que se convierte, a saber,



y por otra parte, la acción de Dios por ministerio de la Iglesia.


Por medio del obispo y de sus presbíteros, la Iglesia en nombre de Jesucristo concede el perdón de los pecados, determina



Así el pecador es curado y restablecido en la comunión eclesial.


La fórmula de absolución en uso en la Iglesia latina expresa el elemento esencial de este sacramento: el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón.

Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Los actos del penitente


La penitencia mueve al pecador a sufrir todo voluntariamente; en su corazón, contrición; en la boca, confesión; en la obra toda humildad y fructífera satisfacción.


Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar.

Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama "contrición perfecta". Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto como sea posible a la confesión sacramental.

La contrición llamada "imperfecta" (o "atrición") es también un don de Dios. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia.

Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Para esto, los textos más aptos a este respecto se encuentran en el Decálogo y en la catequesis moral de los evangelios y de las cartas de los apóstoles: Sermón de la montaña y enseñanzas apostólicas.


La confesión de los pecados nos facilita nuestra reconciliación con Dios y con los demás. Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia.

La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia. En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos mandamientos del Decálogo, pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos.

Cuando los fieles de Cristo se esfuerzan por confesar todos los pecados que recuerdan, no se puede dudar que están presentando ante la misericordia divina para su perdón todos los pecados que han cometido. Quienes actúan de otro modo y callan conscientemente algunos pecados, no están presentando ante la bondad divina nada que pueda ser perdonado por mediación del sacerdote.

Según un mandamiento de la Iglesia todo fiel, llegado a la edad del uso de razón, debe confesar al menos una vez al año los pecados graves de que tiene conciencia. Y quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave no puede comulgar el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental a no ser que concurra un motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes. Y también los niños deben acceder al sacramento de la penitencia antes de recibir por primera vez la sagrada comunión.


Como muchos pecados causan daño al prójimo, es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, etc.), pues la justicia lo exige.

Aunque la absolución quita el pecado, no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe "satisfacer" de manera apropiada o "expiar" sus pecados. Esta satisfacción se llama también "penitencia".

La penitencia que el confesor impone puede consistir en la oración, en ofrendas, en obras de misericordia, servicios al prójimo, privaciones voluntarias, sacrificios, y sobre todo, la aceptación paciente de la cruz que debemos llevar. Tales penitencias ayudan a configurarnos con Cristo y nos permiten llegar a ser coherederos de Cristo resucitado, ya que sufrimos con él.

Confesiones


20 minutos antes de cada Santa Misa

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Vídeo de la Confesión explicada por el Padre Loring, S. I., recientemente fallecido

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