¿Qué celebramos en la Navidad?


En la Navidad celebramos el nacimiento en Belén de Jesús de Nazaret: Dios encarnado para salvar a los hombres, creados a su imagen y semejanza, de la muerte y el pecado. Un misterio inaccesible para la razón, pero comprensible a través de la fe en quienes tuvieron experiencia directa de él. Él mismo proclamó quién era: no el mensajero del camino, la verdad y la vida, sino el Camino, la Verdad y la Vida mismos. Suprimidos Dios y el sentido de la trascendencia, nada queda de la Navidad.


Pero en alguna ocasión la Navidad se convierte en algo que sólo son unas “consecuencias” de lo que celebramos.  ¿Y cuáles son algunas de las consecuencias de lo que celebramos? Podría elaborar un catálogo incompleto: lotería, iluminación callejera, jornadas gastronómicas, campanadas de fin de año, regalos, consumo, horas en la carretera, árboles luminosos… Pero la Navidad no es la “Feria de Abril”, que es muy folclórica y bonita, ni los “Sanfermines” …


Vivimos bajo el desafío del laicismo: la era del sucedáneo como desacertado camino hacia la felicidad. Gracias a Dios, el pueblo cristiano a pesar del laicismo no se deja engañar. El peligro no está en la angula y la serpentina, sino en la falsa piedad. No hacen daño al cristianismo quienes lo niegan o combaten sino quienes lo falsifican. Y estos suelen invocar el «genuino» espíritu de la Navidad con un Cristo del que se borra el más leve vestigio de trascendencia. Un Jesús que ama y perdona, y en esto tienen razón, pero al que se le niega la condición divina. Al igual que hay cerveza sin alcohol y café sin cafeína, tampoco falta una Navidad sin Dios.


La celebración del nacimiento de Cristo carece de sentido si dentro de unos meses no celebramos también su Muerte y su Resurrección. Pero de esto algunos no quieren hablar, y se hacen un Cristo a su medida que, en el mejor de los casos, lucha contra la injusticia, pero que en ningún caso salva. No celebran sino una Navidad falsificada y difusa. 


Por eso, estas Navidades “acompañadas”, por desgracia, por el COVID pueden ser un buen momento para recomenzar la fiesta de la Navidad en su sentido originario. La pandemia la vemos como un mal físico (y lo es y mucho), pero podemos sacar un bien de ella. Tenemos que volver a profundizar en el genuino sentido de la Navidad: el nacimiento del Hijo de Dios.


Me parece que podemos acudir a las Misas de Navidad, de la Sagrada Familia, de Año Nuevo y de Reyes. No obstante, por cuestiones médicas se pueden omitir.


Pero siempre en el hogar podemos hacer de nuestra familia una “Iglesia doméstica” como recordaba hace unos años San Juan Pablo II. Es decir, entre otras cosas, alrededor del Belén podemos rezar (abuelos, padres e hijos) ya sea un oración, el Rosario o lo que nos parezca oportuno.


Creo que tampoco pueden faltar los villancicos (“nadales”) y el ambiente de una sana alegría que nace del reconocimiento del nacimiento de Jesús. Y todos estar pendientes de todos para alcanzar la mayor felicidad posible.


También la Navidad es buen momento para pensar en caminos que proyecten el espíritu de estos días a lo largo del año en las familias y, por tanto, en la sociedad siguiendo el himno a la caridad de san Pablo en la Epístola a los Corintios:   «El amor es paciente, / es servicial; / el amor no tiene envidia, / no hace alarde, / no es arrogante, / no obra con dureza, / no busca su propio interés, / no se irrita, / no lleva cuentas del mal, / no se alegra de la injusticia, / sino que goza con la verdad. / Todo lo disculpa, / todo lo cree, / todo lo espera, / todo lo soporta» (1 Co 13,4-7).


Esto se vive y se cultiva en medio de la vida que comparten todos los días los esposos entre sí y con sus hijos. Por eso es valioso detenerse a precisar el sentido de las expresiones de este texto, para intentar una aplicación a la existencia concreta de cada familia.


La familia es el gran ámbito del ser, no del tener, que se construye con entrega y olvido de sí mismo que significa enriquecimiento mutuo, convivencia amable, asunción de las inevitables renuncias personales con libertad y alegría.


Parece que todos estamos de acuerdo en que el hombre quiere ser feliz. Es algo que todos buscamos. Pero además nos gustaría estar alegres. ¿Pero no es lo mismo?


La única felicidad auténtica y consistente es la del Cielo. Y aquí en la tierra somos más o menos felices en la medida en que estamos en el buen camino. Y puede haber quien esté ciertamente descaminado, sin una idea clara de qué sea la felicidad, pero que tenga momentos de alegría. Incluso puede ocurrir que haya quien esté en el camino de la felicidad, con la paz que eso aporta, y que tenga tristezas que le producen las desgracias familiares, los problemas económicos serios, etc.


Hay todavía quien piensa que la Navidad, por si misma y al margen de Dios, nos traerá alegría. Felicitamos la Navidad porque es lo mejor que nos puede pasar, porque Jesús nace y viene a nosotros, y así somos felices. En fin, las alegrías del bullicio navideño son importantes y muy necesarias, pero lo que vale la pena es recuperar a Dios.


Josep Gay i Bochaca