Resumen del artículo de “San Pedro y el camino de la fe” de Javier Yániz



El camino de la fe


Leemos en el Evangelio que, después de la multiplicación de los panes, el Señor manda a los apóstoles «que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente» (todas las citas del Evangelio son de San Mateo). Los apóstoles, entonces, suben a una barca y empiezan a atravesar el mar de Tiberíades, dejando atrás al Señor, que se queda orando. La narración evangélica enfatiza esa separación que se produce entre Jesús y los discípulos: «mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario».


No resulta difícil imaginar la confusión de sentimientos que debía reinar en el corazón de los apóstoles. Acababan de presenciar un gran prodigio: dar de comer a más de cinco mil personas con sólo cinco panes y dos peces. Y el milagro se había realizado en sus propias manos, mientras distribuían la poca comida que tenían: había bastado obedecer a Jesús. Pero la alegría y euforia ante aquel evento se había desvanecido. Ahora, pocas horas más tarde, los apóstoles se encuentran sin Jesús y bregando contra una tempestad.


Jesús está, aparentemente, lejos. Quiere hacerles entender que la lejanía física es solo una lejanía aparente, porque Él quiere − ¡y puede! − estar siempre cerca de sus discípulos. Y por eso, «en la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar». ¿Cómo era esto posible? ¿Quién podía caminar sobre el mar sino el que es creador del universo? Los de la barca se asustan, y empiezan a gritar «¡Es un fantasma!»: no esperan la aparición; aún no saben que Él quiere y puede estar junto a ellos, estén donde estén. Jesús entonces les calma: «Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo».


Es en ese momento en el que se manifiesta el carácter de Pedro. Al escuchar esas palabras, pide hacer algo que le es imposible por naturaleza: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas». La petición contrasta con el pánico que se había desencadenado poco antes en la barca, y muestra el amor y la fe del príncipe de los apóstoles. Quiere ir junto al Señor cuanto antes. Jesús, apoyándose en este deseo, le llama: «Ven». Eso es lo que Dios necesita de nosotros: un corazón pronto, deseoso. Aunque sea débil. Como ocurre con todas las cosas maravillosas que Dios hace en los hombres, necesita nuestro poco, como ocurrió con los panes y los peces.


El apóstol quiere llegar al Señor cuanto antes, sentirse seguro con Él, pero no sabe muy bien lo que pide. Su amor le lleva a lanzarse a las aguas, y empieza a caminar: pero pronto deja que el temor se apodere de su corazón, y empieza a hundirse. ¿A qué se debió el cambio en su actitud? ¿Por qué asustarse cuando vio que Jesús cumple su palabra, que está andando sobre el mar? El evangelio nos dice que el miedo surgió «al ver que el viento era muy fuerte», lo suficiente como para dudar de que pudiera mantenerse en pie sobre el mar tormentoso. Pedro teme caer y ahogarse, un temor que puede parecer absurdo visto que, de hecho, está haciendo algo imposible. Es como si Pedro perdiese de vista que el milagro solo es posible porque Jesús le ha llamado, que es Él quien le sostiene y le permite andar sobre las aguas. Necesita otras seguridades, también la de que será capaz de resistir, de que su fuerza natural es suficiente para resistir el viento. Y cuando toma conciencia de que esa confianza es infundada, deja de creer en la palabra de Jesús y comienza a hundirse.


En la vida del cristiano, una parte importante del camino hacia la madurez en la fe está en aprender a fiarse sólo de la palabra de Jesús, sin dejarnos empequeñecer por la conciencia de las propias limitaciones.


Sin embargo, a pesar de sus dudas, Pedro nos da una lección: su fe y su confianza pueden estar empañadas por el temor a las circunstancias, pero hace un último esfuerzo por lanzarse a los brazos de Jesús: «¡Señor, sálvame!». Y Jesús responde al instante, le sujeta, le lleva a la barca, «hace volver la calma sobre el mar. Y todos quedan llenos de estupor». Es el estupor que se siente frente a las maravillas de Dios; el alegre estupor que supone experimentar la acción de la gracia y del Espíritu Santo. Por lo tanto, como nos enseña el Papa, ante el pecado, la nostalgia y el miedo, es necesario «mirar al Señor, contemplar al Señor: somos débiles pero debemos ser valientes en nuestra debilidad» (Papa Francisco, Homilía, 2-VII-2013), porque el Señor siempre nos espera. Al experimentar nuestra debilidad dirijámonos al Señor: «extiende tus manos desde lo alto: Sálvame, líbrame de las aguas caudalosas» (Sal 144 [143], 7).


Sin desalentarnos


Pedro ha recibido una lección. Ha dudado, y al mismo tiempo ha descubierto que su amor y su fe no son tan fuertes como pensaba. Sólo con estas lecciones, el apóstol podrá conocerse mejor y darse cuenta de que su amor es imperfecto, de que aún piensa demasiado en sí mismo.


«¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?». A pesar de las patentes limitaciones de los hombres, Cristo estimula, con su presencia, con sus palabras y con sus obras, el amor y la fe de aquellos a los que luego enviaría por todo el mundo. En Cesárea de Filipo, Pedro confiesa claramente que Jesús es el Mesías prometido y que es el Hijo de Dios: «tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Pero conviene considerar que, «cuando confesó su fe en Jesús, no lo hizo por sus capacidades humanas, sino porque había sido conquistado por la gracia que Jesús irradiaba, por el amor que sentía en sus palabras y veía en sus gestos: ¡Jesús era el amor de Dios en persona!» (Papa Francisco, Ángelus, 29-VI-2013).


Sin embargo, la confesión de Pedro no significa que su fe fuera ya perfecta. De hecho, poco después, vemos a Pedro queriendo alejar a Jesús de la Pasión, y ganándose por esto la recriminación del Maestro. La vida de fe siempre puede crecer. Pedro seguirá luchando contra el miedo, contra una visión excesivamente humana de su misión, contra cierto desconocimiento del valor de la cruz y el sufrimiento. Hasta preguntará sobre una posible recompensa para quienes, como él, lo dejaron todo por seguir al Señor, se asustará en el Tabor e, incluso, renegará del Señor. En todos esos casos el Príncipe de los Apóstoles sabrá volver a Jesús. Aceptará sus reproches, buscará su mirada, confiará en su misericordia. La fe es un camino de humildad, que implica «confiarse a un amor misericordioso, que siempre acoge y perdona, que sostiene y orienta la existencia, que se manifiesta poderoso en su capacidad de enderezar lo torcido de nuestra historia» (Papa Francisco, Carta enc. Lumen fidei, 29-VI-2013, n. 13). La fe es conocimiento verdadero, luz, que también nos hace conscientes de la propia pequeñez, y destruye las falsas concepciones y los autoengaños. La fe nos hace humildes y sencillos: prepara esa materia prima que Dios necesita para hacernos santos, para que le ayudemos a transformar el mundo. Y así, «Pedro tiene que aprender que es débil y necesita perdón. Cuando finalmente se le cae la máscara y entiende la verdad de su corazón débil de pecador creyente, estalla en un llanto de arrepentimiento liberador. Tras este llanto ya está preparado para su misión» (Benedicto XVI, Audiencia general, 24-V-2006).


Comprobar nuestra personal debilidad y darnos cuenta de que nuestra fe no es tan fuerte como quisiéramos no debe preocuparnos. El Señor quiere todo nuestro corazón, y no le importa que sea débil. Dios se conforma con que le demos todo lo que le podemos dar. De algún modo, podríamos pensar que es precisamente esta la última lección que Jesús enseña a san Pedro. Tras la resurrección, el Señor sale al encuentro de los apóstoles junto al mar de Tiberíades. Y allí pregunta a Pedro por tres veces: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?». Las preguntas recordarían al apóstol su triple negación, y se entristecería ante la insistencia de Jesús, como si no se fiara ya de él. Pero al final entiende: a Jesús le basta el amor que Pedro es capaz de darle. Un amor quizá imperfecto −aunque debió de ser mucho más de lo que podemos imaginar, por la grandeza de corazón y de mente del pescador de Galilea−, pero Dios se adapta, por decirlo de algún modo, a la capacidad que cada uno tiene de amar, y eso es lo que nos hace capaces de seguir a Cristo hasta el final.


«Desde aquel día, Pedro "siguió" al Maestro con la conciencia clara de su propia fragilidad; pero esta conciencia no lo desalentó, pues sabía que podía contar con la presencia del Resucitado a su lado. Del ingenuo entusiasmo de la adhesión inicial, pasando por la experiencia dolorosa de la negación y el llanto de la conversión, Pedro llegó a fiarse de ese Jesús que se adaptó a su pobre capacidad de amor. Y así también a nosotros nos muestra el camino, a pesar de toda nuestra debilidad. Sabemos que Jesús se adapta a nuestra debilidad. Nosotros lo seguimos con nuestra pobre capacidad de amor y sabemos que Él es bueno y nos acepta. Pedro tuvo que recorrer un largo camino hasta convertirse en testigo fiable, en "piedra" de la Iglesia, por estar constantemente abierto a la acción del Espíritu de Jesús» (Benedicto XVI, Audiencia general, 24-V-2006). Acudamos cada día a San Pedro, con más fe y admiración, para que interceda por nosotros: ¡San Pedro, ruega por nosotros!